domingo, diciembre 30

Atardeceres lunares

El cielo ya estaba de un azul muy oscuro, casi negro. Las nubes tapaban la mayor parte de él, pero aún se podía ver la luna que esa noche tenía un resplandor anaranjado. Poco a poco fue cayendo y de repente desapareció entre nubes de distintos colores. Un adiós digno, una despedida silenciosa. A mis veinticinco años era la primera vez que veía cómo se ponía la luna. Y me pregunté por qué se le daba tanta importancia a los atardeceres del sol, cuando por la noche, a veces, se podían ver cosas tan hermosas como esas. Me sentí como una niña que descubre algo por primera vez; y una emoción me recorrió despacio, como para que la sintiera mejor y la saboreara esa noche. Me lo encontré por casualidad allí mismo, en el lugar donde a veces me gusta ver el mar despacio. Sin pensar ni esperar es cuando más te sorprenden las cosas. Aún hoy lo recuerdo con viveza. Quizás las primeras veces no se olvidan nunca, o las cosas importantes deciden que permanecerán contigo para que las lleves allá donde vayas. Hoy, la noche es distinta para mí, algo ha cambiado. 

Después de haber visto el atardecer sentí que todo estaba desprotegido. El cielo estaba solo, al igual que las estrellas. Ninguna otra luz nos amparaba a los que vivíamos debajo. Podíamos actuar sin vigilancia pero con cuidado. De repente todas las estrellas brillaban más, su luz era más fuerte, quizás para compensar la ausencia y decirnos "tranquilos, no todo es tan oscuro como parece". La sensación de vacío era tan grande que el mundo se mantuvo en silencio, expectante, hasta el amanecer.

1 comentario:

Gianfranco Guredi dijo...

En la locura de un cielo estrellado, los hombres, al verlas, pensaron que Dios se había vuelto loco, y se reía en silencio de ellos.

Negra noche, luminosa noche