viernes, agosto 31

La estación de autobús

Ninguno de los dos tenía claro qué autobús coger. Cada uno en un banco distinto, fueron viendo cómo se vaciaba la estación hasta quedar solos. Sin mediar palabra decidieron irse juntos a pasar la noche a un sitio más cómodo, y escogieron un hostal cercano. No sabían sus nombres. ¿Para qué? Las palabras no significan nada y los nombres son sólo eso. Hoy me puedo llamar así, pero mañana ser otra persona distinta. Les bastaba con las miradas.

Pasaron tres días fumando y bebiendo en aquel lugar. Crearon un mundo de vacío y humo denso que no quería escapar. Se miraron una vez más sabiendo que no podían alargar esa situación. Como por agradecimiento, quizás por un intento desesperado de amarse aunque no sintieran nada y de sentirse uno en ese ambiente que habían construido, deshicieron la cama con tan poca pasión como la hicieron la mañana siguiente. 

Un te quiero silencioso y un adiós. Otra mirada. Se alejaron el uno del otro tomando caminos distintos para no volver a verse. Lo que habían hecho juntos no quisieron ponerle nombre, tampoco querían ponerle otras caras. No lo repitieron entre ellos, pues no se encontraron, y tampoco con otros, pues no sería lo mismo. Se quedó ahí, un recuerdo con un jersey de lana, abrigado para que no se enfríe con las nieves.

1 comentario:

Gianfranco Guredi dijo...

Hablando de la soledad, que une a desconocidos en un silencioso día.

Soledad que une.

Qué irónico.